Un día cualquiera.

De lo malgastado, lo sufrido.


Caí en la rutina durante un tiempo, fue cuando el reflujo azotó las puertas de nuestro local estudiantil, en la FES-Cuautitlan. La vida en la Universidad suele ser bastante simple en el estudiante promedio. Casa-Escuela-Casa. La formula se repetía con variaciones de tequila, cerveza, polque o mezcal. Lo común era la fila del autobús que partía rumbo al metro Toreo o Politécnico. Más ordinario  los pequeños grupos en las explanadas de la facultad.
Las perspectivas del cambio no fueron del todo amables dentro de nuestro pequeño circulo de activistas, el año 2012 dejó tras de sí a una masa movilizada que después del 1DMX se dedicó a sacar conclusiones y a acumular fuerzas para la próxima batalla. Nuestra primera derrota en el terreno de la lucha estudiantil nos había dejado sentados, sin embargo, la movilización de unos cuantos cientos de estudiantes había arrancado un par de concesiones a la burocracia universitaria, eso nos dió un respiro profundo. 
La facultad tiene un bello árbol de Jacarandas, apostado entre los edificios de control escolar y la explanada de la biblioteca. Flaco, él. La primavera lo mancho con flores moraditas y un suave aroma. Por las mañanas el populacho pisaba sus hojas caídas por el viento nocturno. Su rostro era de una soberbia tal, no le importaba en lo absoluto los remilgosos pétalos que vestían de color lila los escalones y las banquetas. Siempre he creído que es un agitador silencioso, o lo era en aquel tiempo. Testigo de múltiples asambleas y tomas de edificios, lo imaginaba levantando el tronco y pidiendo la palabra. Un discurso contra la represión del magisterio, recordando nuestros muertos del 2 de octubre, o avalando la huelga por la aparición con vida de nuestros 43 compas de Ayotzinapa. Lo ví hace un par de días, sigue floreciendo. 
La rutina es complicada, seguramente él sabrá mas de esto que yo. No importa, es un individuo con paciencia.
Nos mataba el café, limpiar y limpiar, archivo aquí y allá. Una mesa sobre otra, un par de sillas. La guitarra colgada en la pared. 
Revisamos cada hoja, cada acta de los anaqueles polvosos - como si la revolución dependiera de ello-, así sobrevivimos al peso de la rutina. 
De ves en cuando salíamos al pasillo. El edificio de Ingeniería tiene una vista genial por las tardes: un campo verde extenso y un bosque de pinos al final. El humo de las fabricas salé de vez en cuando, las nubes naranjas parecen preñadas por el sol, esos son buenos atardeceres.
Los días se repetían muy a menudo, el método de la resistencia pacifica era ejemplificado por mi y mis camaradas sentados jugando al ajedrez.
No podría decir que no fue difícil librar esas pequeñas batallas contra el tiempo.
Después de todo:
¿Quien se atreve a boxear contra las manecillas del reloj?

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