El hombre que amaba los conejos: de la visita al Museo León Trotski



Nunca imaginé la posibilidad de algún día poder sostener en mis manos un PRAVDA, el diario que Lenin fundó y que cayó en las manos del Stalinismo en los 20’s –junto con la democracia soviética-. Tuve la oportunidad de ayudar con la mudanza del camarada Lev Davídovich –Trotski para los amigos-, una mudanza a medias, había que llevar sus pertenencias de la antigua casa a la bodega para la limpieza y posterior restauración del museo, el polvo acumulado hizo mella en cada una de las habitaciones y las polillas devoraban la madera de la casa como el tiempo devora la sustancia al paso de los años. Vi de cerca a los testigos de su asesinato: el mapa de la república Mexicana que está justo detrás de su escritorio, su escritorio, algunas refacciones de sus anteojos y aquel calendario que ha permanecido inmutable desde aquella fecha. Los días de Trotski en México fueron poco más que los mejores que hemos tenido. Cardenismo. Los días de la expropiación petrolera, los días que nuestra revolución lucho contra el imperialismo Yankee y Europeo, los días de la educación socialista y de la creación del IPN, los días del movimiento obrero –y su coorporativización-, los días del exilio Español; de esos días en que las masas despiertan con las ganas de transformar el mundo. Su casa, la cocina, la sala de las traductoras, son el recuerdo vivo de ese tiempo.

Varios manuscritos siguen regados por todas partes, ocultos en libros deshojados, mal guardados del clima. Algunos resguardados por una celosa plancha de vidrio: en una pequeña nota el proyecto de nombre para un periódico de la sección latina de la IV Internacional. Libros, libros y más libros, en ruso, en francés, alemán y en inglés. EL New York Times con el retrato de Stalin en la portada. Tras una muralla de polvo los manuscritos sobre la guerra civil española, tendido sobre la cama su bastón que parecía esperar pacientemente el fin de los tiempos. No hace falta seguir describiendo la cantidad inmensa de hojas sueltas roídas por la historia, no. Sin embargo, y a manera de homenaje a los compañeros trotskistas exterminados en los campos de trabajo forzado de la URSS y a los que fueron perseguidos por el mundo hasta su muerte, decidí ordenarlas una a una.

El planeta sin visado. ¿Necesito visa para revisar tus chucherías, camarada? -N’hombre, faltaba más, nuestra revolución no tiene fronteras-







De Prinkipo a Coyoacán se han perdido una infinidad de historias. En la casa de la calle Viena aún se pueden palpar los restos del exilio, restos que ha dejado el tiempo para la memoria. ¿El creador del ejército rojo pensó -alguna vez- vivir en aquel capitalismo atrasado y colonial? La Rusia zarista no dista mucho de aquel México dejado atrás: la revolución de febrero trajo consigo a un mar de mujiks en lo que Marx llamaría “la guerra campesina” y a un proletariado minoritario -pero poderoso- que en un chasquido borraron al zarismo de la fas de la tierra. En México, por aquellos años, la guerra campesina estaba llegando a su fin. Se estrenaba una constitución política que a pesar del constitucionalismo reaccionario se desplazaba hacia la izquierda de la revolución. El reflujo de los ejércitos revolucionarios estaba a la vuelta de la esquina, un año después asesinarían cobardemente al Jefe del Ejército Libertador del Sur –¡Qué bello nombre para un ejército de pobres dispuestos a tomar el cielo por asalto!-  Emiliano Zapata se llamaba aquel hombre. Después vendría la guerra civil, aquí tendríamos a los primeros representantes de la familia Sonorense. Luego la oposición de izquierda, finalmente tu expulsión del partido y de la URSS. 
Que no se enteren que pude revisar tu cepillo de dientes. Perdóname por recoger del ropero los guantes y el reboso de Natalia, también la peineta que un día rizó sus cabellos dorados.

Los libros de Lev están desordenados. Uno tras otro, en diferentes tamaños y épocas. Tu globo terráqueo sigue en pie, soportó tanto y tantas cosas. ¿Qué cómo está la mesa?, Bien, diría yo. Las sillas en su lugar, hay un nuevo mantel de flores que te espera para el almuerzo de la victoria. Incluso, pareciera fantasía, tu sacapuntas ha conservado el filo tras tu partida. Te imagino ahí, dictando uno tras otros los resolutivos de la reorganización internacional de los nuevos bolcheviques, o dictando algún artículo sobre el ascenso de Hitler. ¿Acaso el máximo dirigente del soviet de Petrogrado está preocupado por sus almanaques?, como los dejaste, todos revueltos. Siguen en pie las jaulas de tus conejos. Natalia olvidó en casa sus abrigos. Los hemos cuidado con algunos trajes tuyos en un ropero junto a la bañera.
Aún con filo
Las paredes de la casa están desgastadas. Cambiaron la disposición de algunos muebles, pero muchas cosas se mantienen en el sitio original. Tuvimos que utilizar playo para envolver los archivos importantes de Trotski, el plástico que miles de obreros utilizan diariamente para envolver el fruto de su trabajo, parte de su vida. Los Marxistas nos preguntamos si en alguna de esas notitas desgarradas y polvorientas habrás dejado –sin presunción de nada y de pura casualidad- la clave para la toma del poder, porque se nos fue de las manos.

La tarde transcurrió así, llevando y trayendo cajas. Acomodar todo la semana siguiente. ¿Por qué Trotski tendría casquillos de fusil en su escritorio? Por la misma razón que sus libreros aguardan El Capital en tres idiomas distintos.
¿De que fueron testigos?

Da nostalgia, la historia nos jugó una broma pesada. La noche del 25 de octubre de 1917, a las 9:45, el buque Aurora disparó una salva con la que dio inicio el asalto al Palacio de Invierno, así comenzó la utopía. Quizá las balas que encontramos regadas fueron las que disparaste para iniciar la toma del poder, o fue alguna que llenó de temor las filas de los blancos, no cabe duda que fue alguna que guardaste para tu cuidado personal. El petrolero Ruth, en enero del 1937, te trajo desde Noruega a tu último exilio. Del Aurora solo queda la revolución traicionada, y de tu exilio nos queda el monumento de piedra con la bandera roja izando en lo alto. Ahora que lo pienso tu relación con los barcos no ha sido muy buena, aunque tú dirás que son las condiciones históricas del momento las que han hecho que esos navíos sean importantes en tu vida. ¿Guardaste un boleto para regresar a Moscú? Nuestra catedral metropolitana no se compara con la Catedral Uspenski, aunque en algún momento las masas hayan tenido la intensión de incendiarlas por los mismos motivos y razones.
Hemos cubierto con bolsas negras tu viejo colchón, y tus almohadas. Todo cubierto de polvo, los jarrones, la vajilla, la estufa, todo. Ahora han sido limpiados y puestos en su lugar. Será un buen sitio para continuar con tu labor: la IV se desmoronó, las URSS cayó –como previste décadas atrás-, nos quitaron el petróleo. Como podrás ver hay mucho por hacer; organizar el nuevo partido leninista es tarea complicada, recientemente hemos resuelto tomarte como bandera.

Es hora de dejar todo como estaba, hemos retirado de tus cosas el peso de la historia. Tu mudanza está hecha. Tus libros ordenados y limpios. Nos queda volver como visitantes desde los pasillos de tu dormitorio, y escribir miles de artículos sobre la Revolución Permanente, estamos permanentemente en lucha contra el capital y eso debe alegrarte donde quiera que te encuentres. No te molestes, pero sacamos fotos del cancionero de corridos de la revolución mexicana, ese texto de 1932 editado por el partido comunista que un día hojeaste sin entender salvo las partituras en clave de Sol, tu español era terrible. Natalia se fue a Francia un par de años, Sieva cuida de tus cosas y las de ella. “El Abuelo”, te llama. Lo entrevistaremos en un par de semanas para acabar un texto sobre la persecución que sufrió después de tu muerte. Es hora de partir, no sin mencionarte que nuestra venganza está cerca y cuando venzamos regresaremos por ti y los tuyos, los nuestros.

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